
Pasada la resaca, el mar dejo en la orilla los restos del naufragio.
Como en una oficina de objetos perdidos, allí quedaron esparcidos
y desordenados, a la espera de que alguien reclamase su posesión,
y envejecieron…con la mirada atenta, como si en cualquier instante
pudiera entrar por la puerta la persona largamente esperada.
Languideciendo y perdiendo el brillo en la mirada,
ese que solo otorga la juventud o el amor.
Semienterrados por la marea pero limpios como nunca,
Desconocían que antes de llegar, ya estaba la esperanza perdida.
Pues fue él quien los deposito en el mar a su suerte,
aprovechando el profundo sueño en que se sumieron,
tras la violenta tormenta que asolo toda la costa.
Sin querer, sentí compasión, un impulso humano
que me llevo hasta allí y empujándome a recogerlo.
Es la costumbre del buscador de tesoros, y una vez en mi mano,
sentí las oleadas de sentimientos que destilaba este simple pedazo de madera,
Le di un par de vueltas, como buscando una explicación
Y creí intuir un nombre, casi invisible por el paso del tiempo
Un nombre común en cierto modo, niña…
No le di mayor importancia y la metí en el saco.
Pasaron los años y por fin descubrí la forma que la niña pedía,
la talle, la lustre...
Y resulto ser una orgullosa carabela descubridora…
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